Patria diversa

Los padres de Nicolás Williams Arthuer proceden de Ghana. A principios de este siglo cruzaron como pudieron el desierto del Sahara. Llegaron a la valla de Melilla y lograron saltarla, lo cual les llevó a la cárcel. Allí, un abogado de Cáritas les dijo que su única salida era fingir que procedían de un país en guerra. Lo hicieron: destruyeron su documentación ghanesa, dijeron que huían de Liberia y así lograron quedarse en España. El 12 de julio de 2002 (va a hacer 22 años) nació en Pamplona Nicolás, a quien todos conocemos hoy como Nico Williams: una de las más brillantes estrellas de la selección española de fútbol. Navarro. Y español por los cuatro costados. Y un poco ghanés también, por qué no.

Cinco años y un día después que Nico nació, en Esplugues de Llobregat, un crío que se llama Lamine Yamal Nasraoui Ebana. Sus padres proceden de Marruecos (él) y de Guinea Ecuatorial (ella). Lamine, que está a punto de cumplir 17 años, es otra de las grandes figuras de la selección española de fútbol. Este niño prodigio con corrector dental es español. Catalán. Marroquí, ecuatoguineano, lo que ustedes quieran. Y culé.

Los dos críos –porque eso es lo que son– forman un tándem perfecto en el equipo nacional y se han ganado la adoración de millones de españoles, tan españoles como ellos, que les ven jugar.

Sin embargo, a pesar de la evolución de la especie humana, aún quedan en la Península Ibérica algunos ejemplares de australopitecos (teóricamente extinguidos hace dos millones de años) que solo guardan dos semejanzas con el homo sapiens: se desplazan sobre dos pies y tienen cuenta en Twitter. Son estos homínidos poco evolucionados, que disponen de un cerebro mucho menor que el nuestro, los que escriben en esa red cosas como «Vete a tu país, negro» y «La camiseta de la selección solo deberían vestirla los españoles», como si Nico y Lamine fuesen de otro sitio. No lo son. Son españoles.

No hay que preocuparse mucho. Son excepciones. Incluso los propios tuiteros, tan habituados al estiércol escrito, ridiculizan –por cientos– a estos esgarramantas que siguen creyendo que la patria se identifica por el color de la piel, por la religión, por el idioma o por la superioridad frente a los enemigos. Son, ya lo he dicho, residuos de otra época.

No hace aún un siglo, Adolf Hitler se negó a estrechar la mano del atleta Jesse Owens, que había ganado cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. ¿La razón? Que Owens era negro. Eso es cierto, pero Hitler tenía un problema muchísimo mayor: que era Adolf Hitler. Y que tenía de la patria un concepto tan ridículo y tan venenoso como el que, todavía hoy, tienen estos pobres bobos que dicen que Nico y Lamine no son españoles.

Por cierto: feliz cumpleaños, chicos. Os queremos. Sois un orgullo para todos.